Eva Perón: en su centenario, su nombre es sinónimo de amor incondicional por el Pueblo

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Evita, según lo que consta en acta 728 del Registro Civil de Junín nació el 7 de mayo de 1922, registrada como Eva María Duarte.

En el folio 495 del Libro de Bautismos del año 1919 de la Capellanía Vicaria de Nuestra Señora del Pilar, con fecha del 21 de noviembre de 1919, consta el bautismo de una niña llamada Eva María Duarte, nacida en Los Toldos el 7 de mayo de 1919, hija de Juan Duarte y Juana Ibarguren.

Los datos pueden variar, pero lo cierto es hoy es una jornada para celebrar los cien años del nacimiento de una mujer única e irrepetible: Evita, como la conocen sus seguidores, el pueblo que ella tanto amó y que la aman, porque el amor es recíproco.

Evita tomaba gran parte de sus días para atender a los pobres en la Secretaría o en Residencia.

La Secretaría era conocida como “la casa de los trabajadores” y ella prefería ese lugar para que sus “descamisados” tengan un amor por ese lugar, un sentimiento de pertenencia. Allí atendía problemáticas sociales pero la cosa no terminaba: la mayoría de la gente venía a confesarle problemas personales, “me dicen cosas en voz baja, casi al oído, y muchas veces, llorando”, dijo Eva Duarte en su libro “La razón de mi vida”.

“Yo conozco las tragedias íntimas de los pobres”, siguió revelando Eva. “Las víctimas que han hechos los ricos y poderosos explotadores del pueblo, por eso mis discursos tienen muchas veces veneno y amargura”.

Eva, la adelantada, ya se cargaba el movimiento feminista en sus espaldas: “Ante una mujer, por ejemplo, arrojada a la calle por un oligarca soberbio y egoísta que la ha engañado” a ella le daba de gritar “que la justicia se cumplirá inexorablemente, cueste lo que cueste y caiga quien caiga”.

Segura, completa, fiel a sus convicciones: jamás se callaba nada. Su joven cuerpo no sorportó todo el trabajo, todo lo que se cargó encima, hasta que murió de una terrible enfermedad que lo único que hizo, fue dormir su cuerpo, porque su alma, su espíritu, se mantiene despierto en cada rincón donde haya una necesidad, un “descamisado”, un “desclasado” que necesite no sólo un recurso económico, sino una palabra de aliento.

Desde mi humilde lugar de comunicadora, aliento a los jóvenes políticos, y a los históricos, a que sientan, que piensen mucho más como ella: que la tomen como brújula y no como efeméride. Que sea el modelo, pero no el inalcanzable: que sea un ejemplo práctico y que trabajen hasta el agotamiento, como ella, “La Capitana”, nacida hace cien años atrás.