Hay varias condiciones que deberían darse para que se genere una relación que derive en un espectáculo, a las que se reducen a dos: un acontecimiento que como flecha va en una dirección y la existencia de un público que por voluntad propia voyeurística se entrega a contemplar y reaccionar. Lo demás, poco y nada. Pero ese poco y nada también es parte, y de eso se ocupa Diego Reinhold.

En esta oportunidad, el espectáculo es él y todo se reduce a esa búsqueda de competencia para cazar al vuelo todo lo que tira desde el escenario. Despojado este cronista de la participación de Reinhold en “Show Match”, periodo que lo hizo conocido por mucha gente, pero con el bagaje de haberlo visto hace cosa de 10 años en “Yo, una historia de amor”, se percibe de qué está hecho este tipo. La cosa por momentos va rápida y si la carcajada se extiende por demás, es probable que lo que sigue pase de largo. Porque a esta instancia, Reinhold acude al espectador “calificado”. Pero en rigor a la verdad, no es para tanto, ya que todos estamos inmiscuidos en la chiclosa cultura pop, esa que como nieve de azúcar nos deja pegoteados torso contra torso como sociedad que con la mirada y el guiño el asunto se materializa en gag.

Es “Comedy Show”, la obra que trajo al multifacético Diego Reinhold a la Región. “¿Cómo es traer una obra así, propia de la calle Corrientes a la zona sur?”, “Es trayéndola por Camino Negro para el lado de Banfield, y hay que tratar de no pasarse, porque yo me pasé.” Pensaba preguntar seriamente, llamando a la reflexión de un artista que, en estado caliente, en minutos iba a subir al escenario del Maipú de Banfield, pero le di un pié.

El artista es eso, ve las cosas así porque las vive y no las quiere entender de otra forma. Comediante, actor, cantante, bailarín, y diseñador de sus espectáculos que como buen emprendedor (hace un gesto de portar un pin en la solapa de su saco) dice que lo suyo “es 100 por ciento artesanal”, que pasó horas con la computadora diseñando las imágenes que pasan por esa indispensable pantalla que lo secunda en este unipersonal. “Diseñé un show chico, que me permita ir por todos lados, que entre en un auto y que se pueda armar en cualquier escenario.”

Y sí, “Comedy Show” es eso y más de lo que sabemos previamente de Reinhold. Sus juegos de palabras cobran el sentido deseado pero con construcciones súper rebuscadas (una leche Cindor y la foto de Lalo Mir se convierten en la frase de una canción: “sin dormir”). Y así por más de una hora. Pregunta a la audiencia si quieren oír el monólogo de las calles (ese que relata un encuentro: “¡Humberto!”, “¡Primo!) o el del cine. La gente eligió segundo y a partir de ahí, Reinhold no paró, dio gala de un feliz rebusque de símbolos fílmicos para contar algo: “Fui hasta la terminal, pero no vi el expreso de medianoche y ¡splash! Quedé hecho papillón, con la cara cortada y con dolor en mi pie izquierdo. Entré en coma. Pero soy duro de matar, al tiempo tuve despertares y el médico me dijo ¡Viven!”

Los juegos con una pantalla puesta como un biombo (binomio escénico) es la apuesta de Reinhold, aunque es un plus. Es un chico, porque juega pero con las palabras, con los símbolos, los íconos, con los metamensajes y llega hasta donde él quiere, hasta donde van los que saben, los que controlan, los que tienen ese oficio tan complicado y Diego lo tiene como algo natural. Canta, baila, interactúa y el standup ya queda afuera de todo análisis: “Soy un género aparte porque no soy masculino ni femenino”, responde a otro pié que pretendía ser pregunta.

Consciente de las realidades que cruzan el entramado social, Reinhold cambia de cara, habla del “sistema” en su unipersonal, de lo difícil que es salir y de cómo le cuesta la cosa e incluye al más simple mortal que corre a ningún lado sin tiempo para nada, solo para alimentar esa rueda que chupa a otros. Dice que a él también rema contra la corriente como toda la industria teatral, pero tratándose de uno solo, el asunto es complejo. Pero se siente a gusto, orgulloso de hacer lo que soñó de chico, con una cara iluminada por haces de luz de celuloide que dibujan escenas memorables grabadas en la retina y en el inconsciente.

Y el final es para él, ¿para quién sino? (¿la obra la pensó para él o para el mercado, el público?). El “the end” es suyo y se nota. Baila e interactúa con todos esos cortes de metraje de cine escalonados y apilados como piezas de un tetris fílmico que no se derrumba, sino que son pegados a gusto y piacere. Y ahí arriba, Diego es lo que quiere ser por siempre: un artista envuelto en aplausos.