Ir al teatro a pensar. Una situación atípica en los tiempos que corren, y por sólo eso ya lo del filósofo Darío Sztajnszrajber (Szeta) es loable. Debe haber un aspecto social, una encrucijada histórica, una caída paradigmática que sea la responsable de esto: un teatro (el Maipú de Banfield) lleno con público variopinto que viene a escuchar, hablar y pensar en clave filosófica.

A esto le sumamos que la situación transcurre en un frío y ventoso domingo entre las 20 y las 21.30, en el marco de una crisis económica que lleva a muchos a recortar salidas. Una situación que escapa de la craneación marketinera, esa que nos dice qué pensar, qué desear y qué sentir. O quizás no: sea todo producto de un hecho fortuito, síntoma de la época en la que nosotros estamos vivos. Y vivir es eso: ser responsable de nuestra individualidad, del ser y sobre todo hacer.

Apretar el gatillo o cuestionarnos las verdades, fue parte de la consigna para muchos. A esta altura, Sztajnszrajber (en TV “Mentira la verdad” y en libro “Filosofía en 11 frases” entre muchas otras cosas) es algo más que un docente en filosofía, es un actor, un artista que mediatiza la palabra y la interpretación de los pensadores más incómodos de la historia de la humanidad: Aristóteles, Spinoza, Hegel, Schopenhauer, Nietzsche, Marx, Foucault e infinidad de tantos otros.

Acá, en “Salir de la Caverna”, la cosa pasa por varios, pero la estrella es Platón, un tipo que caminó por Atenas hace 400 años AC y que, en el marco de sus cuestionamientos, elaboró una metáfora en “La República” para explicar los límites invisibles, como cadenas, que impone una sociedad ordenada, naturalizados y no cuestionados: la “alegoría de la caverna”.

Desde las butacas se oye como el cerebro del espectador empieza a funcionar, a caminar, a ejercitar. Deja de ser pasivo ante la entrega de un entretenimiento y quiere ser parte. “¿Se acuerdan cuál fue el primer cuestionamiento existencial que tuvieron en sus vidas?”, pregunta Sztajnszrajber micrófono en mano y ya abajo del escenario, entre el público. Para la mayoría, las preguntas vinieron a los 7 u 8 años y las dudas fueron: “¿Qué es la muerte?”, “¿A dónde voy cuando muero?”, “¿Veré a mis abuelos cuando esté muerto?”.

¿Síntoma del domingo? No es depresión, es show, es espectáculo.

Hay una banda de rock que toca en vivo que acompaña y ocasiona los saltos temáticos que subtitula la obra sin muchos rodeos: “Filosofía y rock”. Los ajustadísimos músicos son liderados por Lucrecia Pinto, quien da forma a clasicasos que van cayendo: “El anillo del Capitán Beto” (del flaco Spinetta), “Canción de Alicia en el país” (Serú Girán), “Vencedores vencidos” (Los Redondos), “Prófugos” (Cerati) o “¿Qué ves?” (Divididos) entre otros.

El concepto de “poder” sobrevuela el recinto y a más de uno las ideas panópticas foucaultianas calaron para volverse preguntas de nuevo. No hay respuestas y eso es lo entretenido.

Darío está en el escenario con Lucrecia. Canta, baila y salta como un nene. Revolea los brazos y se pregunta: “¿Y si afuera de la caverna hay otra caverna más grande?”. Sigue dando saltos como si hubiera una rayuela sobre las tablas, de la tierra al cielo. Sale y entra al escenario del Maipú. Esa pregunta me dejó pensando, y la respuesta tampoco está en Platón.

“Lo interesante es que no hay respuestas, sino que hay que cuestionar este orden de cosas”, nos dice con una sonrisa Darío Sztajnszrajber sin ser fatalista. Y vuelve a cantar música liberadora y todos nos sentimos como él aunque sea en esta tarde de domingo: un niño sin cadenas (invisibles).

(Fotos: Marcos Cardoso)