Se trata de la presentación de la compañía Teatro Ciego, que llegó al Teatro Canning con “Un Viaje a Ciegas”, una obra que escapa de lo común, apuesta a los sentidos y a la imaginación del espectador, permitiéndole experimentar historias en la más profunda oscuridad.

“Queremos que la gente vivencie, que se sumerja en la imaginación con estímulos, como sonoros, táctiles, olfativos, y a veces el gusto”, dijo a ASÍ TODO César Martínez, joven actor integrante de la compañía quien además, es ciego junto con otros que también lo son y que conforman parte del equipo.

Las palabras, el canto, el piano, los gritos, las risas, motorizan escenas que corren por cuenta de cada uno quienes formamos parte de la experiencia de estar en la sala. Y la cosa cumple su efecto. Este cronista imaginó las situaciones, las caras y los gestos de los personajes, y la carcajada acompañó a la del resto quienes se entregaron a esta situación artística colectiva: gente desconocida en una sala de teatro absolutamente negra, sin el más mínimo haz de luz.

Así como el cine necesita de una sala oscura para generar la fantasía de meter al espectador en una historia a través de una pantalla iluminada proyectada desde la espalda de las butacas, y el teatro tradicional guiña con esa cuarta pared ubicada justo donde está el público, el Teatro Ciego va por más: a la actuación tradicional, se puede adivinar el clásico café concert, con interpretaciones entreveradas en escenas sobre las tablas pero también entre la gente; y el viejo radioteatro, donde son los efectos sonoros generados en vivo aportes fundamentales a la construcción de la fantasía, como así también en la traducción de imágenes en movimiento.

El espectáculo comenzó en el hall del Teatro Canning, donde un integrante de Teatro Ciego acomodó al público en grupos que en filas (todos tomándose del hombro del otro) ingresan al recinto. Aquí ya la sensación no es de despojo o indefención, sino de curiosidad a cómo se las arreglarán para narrar. Es entonces cuando el acostumbramiento a la oscuridad deja de ser una preocupación y la pregunta del “cómo” se deja para después.

Un piano acompaña una versión de “Adiós Nonino” de Astor Piazzolla y una voz nos sumerge en la historia de un boliche, un cafetín, en un lugar indefinido, en una época indefinida que el oyente irá construyendo mentalmente con pistas. Nos inundan sonidos de ciudad, autos, gente pasando cerca, motores, campanas y el impresionante avanzar de un tren. Apertura que advierte que el sonido no viene de adelante, sino de nuestro alrededor.

El aroma es a café, y es justamente el boliche de don Martínez, personaje que interactúa con su esposa, el mozo, un parroquiano borrachín, un pianista y una cantante, donde cada uno cuenta un relato completamente diferente hasta que el sonido de una campana nos lleva cada vez al punto de partida. A la experiencia sonora (alguien barre el piso cerca nuestro, un ancla que cae al agua que se la oye en el pasillo, unos jabalíes sueltos en la sala, entre oras cosas), se le suman las valiosísias interpretaciones de Belén Cabrera con “Se dice de mi” (Tita Merello) hasta “La chica de Ipanema” (Antonio Carlos Jobim). La sorpresa fue con el tango “Naranjo en flor”, con aroma a azahar en la sala y ya se hace inútil contener la emoción (si total nadie te ve).

Con una gran producción, lo de Teatro Ciego, grupo colectivo que trabaja en forma cooperativa desde el 2001, es realmente una experiencia que vale la pena. Con nueve obras distintas recorriendo salas, lo de ellos es inédito a nivel internacional y a esta altura, va en camino a convertirse en un clásico.